20 jun. 2009

Algo de hace un rato

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CUANDO SEPAS QUE HE MUERTO, NO PRONUNCIES MI NOMBRE.
- ¿Por qué, si me suena tan milagroso?
- “Tengo sueño, he amado, he ganado silencio. Cuando sepas que he muerto, di sílabas extrañas, pronuncia flor, abeja, lágrima, pan... No pronuncies mi nombre, porque desde la tierra oscura regresaría por tu voz. No dejes que tus labios hallen mis once letras”.
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conversación entre Isidora y Roque
en Carta a Roque Dalton
de Isidora Aguirre

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Las cartas personales, materia casi en extinción, son para mí un objeto de cotidianidad y culto. Cotidianas, porque las escribo casi a diario, de preferencia en papel y sobre, aunque también por mail, donde mensajes que debían ser breves tienden a devenir en una maratón de párrafos con más frecuencia que la que corresponde... De culto, porque cada vez que recibo una o encuentro otra por casualidad, me atrapa sin vuelta.
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El año pasado me topé con “Carta a Roque Dalton”, de Isidora Aguirre, chilena, la misma autora de la Pérgola de las Flores. Resulta que a los nueve años, yo me aprendí de memoria esa obra y hasta hoy puedo cantarla (con pésima voz, valga la aclaración) de inicio a fin; por eso, al ver que el libro contenía el mensaje que Isidora escribió a ese poeta salvadoreño que el mismo año en que el hombre llegó a la luna le robaba a ella algo más que el corazón, no pude evitar la tentación.
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Me encontré con una conversación póstuma en la que ella recuerda los instantes compartidos y le habla a su amor en tiempo presente, e intercalando palabritas en inglés, con un resultado gracioso y de efecto cómplice. Le reprocha el no estar, le agradece lo vivido y recuerda algunas reflexiones de ella y de él en furtivos encuentros de hotel, donde no conversan de amor ni pasión (o sea sí, pero no taaanto), sino que de la vida, la muerte, la construcción del socialismo, las bondades y mezquindades del hombre, las noches de bohemia y juerga y otras grandes conversas de esas que la gente puede tener entre las sábanas que, por no ser ni de uno ni del otro, albergan los futuros que nunca podrán ser. Me detengo en eso de la juerga.... no se porqué, pero cuando leo historias de los ’50 y ’60, me parece que la gente tenía una mucho mayor capacidad de pasarlo bien, o quizás sea que la historia de este libro-carta transcurre mayoritariamente en La Habana y hay que ver el maravilloso y afrodisíaco efecto que pueden tener los viajes y el calor en la gente... la cosa es que se lo pasaban de fiesta en fiesta y eso es algo que a mí me encanta.
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Admito que en la primera mitad del libro me costó enganchar, sobre todo porque en vez de llamarle Roque, ella le decía “maestro”... y que en la segunda tampoco lo logré del todo, porque me parecía que aunque ella hablara de un amor de a dos, el asunto era unilateral, ya que el tipo era encantadoramente un fresco... Sin embargo, al recapitular para contar de una forma mínimamente coherente lo allí leído, aparecen agradables sombras, estimulantes aromas, roces, lágrimas, abrazos, besos, largas conversaciones, humo de cigarro, vasos de whisky a medias que transportan y cautivan. Cautivan todavía más al recordar que ella sigue viva, en algún lugar de Santiago, aún pensando en este hombre que yace bajo tierra palpitando en sus recuerdos, ese hombre cuyo nombre no le es posible pronunciar.
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1 comentario:

Pamela dijo...

uf! a mi ese libro también me impactó. Sobre todo pensando en la injusta y poco difundida muerte de R. Dalton. Ella, poeta al fin y al cabo, se lo sufrió todo con ese amor.