Cuando vivía tan lejos de Chile, Violeta Parra, escribió una canción que me encanta (Violeta Ausente) y que dice “Quiero bailar cueca, quiero tomar chicha, quiero ir al mercado y comprarme un pequén; ir a Matucana y pasear por la Quinta y al Santa Lucía contigo mi bien”. Resulta que hoy en la mañana llegué a la Quinta Normal con mis tres queridos “bienes” para ver una expo del MAC, pero estaba cerrado, así que me quedé con cuello.
Pensando que en Matucana hay mucho que hacer, sobre todo si se está con niños, empezamos a enumerar alternativas. Una podría haber sido la Biblioteca de Santiago, pero me abstuve, porque la semana pasada, fui a ver el documental de Luis R Vera de la Gabriela Mistral (maravilloso por cierto) y, al bajar por una escalera que da al estacionamiento, me caí y todavía tengo morada una rodilla, así que, como cábala, mientras no se me pase, no vuelvo (aclaro que lo de la caída fue de mi absoluta culpa y responsabilidad, por bajar pensando en cualquier cosa).
Como de mis tres acompañantes una no vota (por chica) y los otros dos son todo terreno, decidimos que cualquier otra alternativa estaba OK, y enfilamos por Matucana hasta el Museo de Historia Natural, donde hay mucho que ver… y para todos los gustos.

Mientras mi hija se quedó pegada con el pez globo embalsamado y con su versión punk llamada pez erizo, mi hijo se perdió de la mano de su papá por los pasillos, alucinando con la colección de larvas e insectos, con el esqueleto del dinosaurio y, obviamente, con el de la ballena gigante del hall central. Yo, en tanto, no pude evitar quedarme varios minutos mirando unos textiles hasta que mis ojos dieron con un prendedor de plata de la zona de Tarapacá (Isluga) que medía unos 30 centímetros y que tenía la denominación “prendedor de cuchara con cadena”. Mis pensamientos no fueron precisamente antropológicos, sino que me reía sola pensando que si hubiese sido de la época, definitivamente nos hubiese costado mucho menos organizar los cumpleaños, o sea, cada uno llega con la cuchara lista y amarradita a la ropa… sólo hace falta la torta y los platos. Además, con eso de llevar poncho, ni se nota la ingesta de sucesivas porciones de torta en el cuerpo, que se acumulan excesivamente gracias a nuestro sobre poblado calendario cumpleañero.
Otra parte de la muestra que para mí fue novedad, ya que no lo había visto antes en el Museo, fue una colmena de abejas vivas. En realidad casi todas estaban vivas, menos una, cuyo cadáver era transportado por otras cuatro obreras laboriosas que se empeñaban por sacarla de las celditas. Estuve como quince minutos mirándolas, porque hacían un esfuerzo enorme, avanzaban apenas unos centímetros y se les caía. Empeñosas ellas, agarraban otra vez el cuerpo de su extinta compañera y otra vez la movían uno o dos centímetros y de nuevo se les caía, casi en el mismo punto donde la habían tomado antes. Esto se repitió por lo menos unas diez veces. Qué ganas me daban de meter la mano, agarrar a la cadavérica y sacarla con rapidez, para que esas otras cuatro pudieran descansar de una vez por todas. Pero nada, por más empeño que le pusieron no la movieron ni diez centímetros en todo ese rato. Después leí, en la reseña de la misma vitrina, que una abeja obrera vive en promedio 30 días. Así que es muy posible que en un par de semanas sean otras las esforzadas que intenten arrastrar a estas cuatro a un lugar menos molesto, para seguir trabajando como hormigas, perdón, como abejitas.
Un saludo para Paula Navarro (fue un gran placer volver al Museo en este plan), porque el equipo de trabajo está muy bueno: día domingo, mucho público y todos ellos con el mejor ánimo y disposición y, lo que más se agradece, una amistosa sonrisa (grande “recursos humanos”, precisamente por ser muy, muy humanos...)
Pensando que en Matucana hay mucho que hacer, sobre todo si se está con niños, empezamos a enumerar alternativas. Una podría haber sido la Biblioteca de Santiago, pero me abstuve, porque la semana pasada, fui a ver el documental de Luis R Vera de la Gabriela Mistral (maravilloso por cierto) y, al bajar por una escalera que da al estacionamiento, me caí y todavía tengo morada una rodilla, así que, como cábala, mientras no se me pase, no vuelvo (aclaro que lo de la caída fue de mi absoluta culpa y responsabilidad, por bajar pensando en cualquier cosa).
Como de mis tres acompañantes una no vota (por chica) y los otros dos son todo terreno, decidimos que cualquier otra alternativa estaba OK, y enfilamos por Matucana hasta el Museo de Historia Natural, donde hay mucho que ver… y para todos los gustos.

Mientras mi hija se quedó pegada con el pez globo embalsamado y con su versión punk llamada pez erizo, mi hijo se perdió de la mano de su papá por los pasillos, alucinando con la colección de larvas e insectos, con el esqueleto del dinosaurio y, obviamente, con el de la ballena gigante del hall central. Yo, en tanto, no pude evitar quedarme varios minutos mirando unos textiles hasta que mis ojos dieron con un prendedor de plata de la zona de Tarapacá (Isluga) que medía unos 30 centímetros y que tenía la denominación “prendedor de cuchara con cadena”. Mis pensamientos no fueron precisamente antropológicos, sino que me reía sola pensando que si hubiese sido de la época, definitivamente nos hubiese costado mucho menos organizar los cumpleaños, o sea, cada uno llega con la cuchara lista y amarradita a la ropa… sólo hace falta la torta y los platos. Además, con eso de llevar poncho, ni se nota la ingesta de sucesivas porciones de torta en el cuerpo, que se acumulan excesivamente gracias a nuestro sobre poblado calendario cumpleañero.
Otra parte de la muestra que para mí fue novedad, ya que no lo había visto antes en el Museo, fue una colmena de abejas vivas. En realidad casi todas estaban vivas, menos una, cuyo cadáver era transportado por otras cuatro obreras laboriosas que se empeñaban por sacarla de las celditas. Estuve como quince minutos mirándolas, porque hacían un esfuerzo enorme, avanzaban apenas unos centímetros y se les caía. Empeñosas ellas, agarraban otra vez el cuerpo de su extinta compañera y otra vez la movían uno o dos centímetros y de nuevo se les caía, casi en el mismo punto donde la habían tomado antes. Esto se repitió por lo menos unas diez veces. Qué ganas me daban de meter la mano, agarrar a la cadavérica y sacarla con rapidez, para que esas otras cuatro pudieran descansar de una vez por todas. Pero nada, por más empeño que le pusieron no la movieron ni diez centímetros en todo ese rato. Después leí, en la reseña de la misma vitrina, que una abeja obrera vive en promedio 30 días. Así que es muy posible que en un par de semanas sean otras las esforzadas que intenten arrastrar a estas cuatro a un lugar menos molesto, para seguir trabajando como hormigas, perdón, como abejitas.
Un saludo para Paula Navarro (fue un gran placer volver al Museo en este plan), porque el equipo de trabajo está muy bueno: día domingo, mucho público y todos ellos con el mejor ánimo y disposición y, lo que más se agradece, una amistosa sonrisa (grande “recursos humanos”, precisamente por ser muy, muy humanos...)
6 DIJERON QUE...:
hola
vale por pasar nuevaamente por mi blog, me alegro que aprendas con el, con respecto a tu post, cuando vivia en stgo y estaba en el colegio, fueron muchas las veces que fui al museo de historia natural, ahora de arquitecto e vuelto, es un edificio maravilloso, y como dices con muestras para todos los gustos
saludos
Buuuu no quedo mi otro comentario, bueno no importa, decia que aca no tenemos cosas como esas, y que encontre muy lindo e interesante tu paseo, tb que aca solo tenemos abejas vivas, zancudos y miles de bichos mas que no son de mi agrado, ahh y que te cuides la rodilla, mas ojo por donde andes y en lo que pienses.
Saludos Sureños!!!
Meli
¿Y estaba abierto el museo un lunes?
¿O fueron el domingo y posteaste el lunes?
Me alegra saber que la ballenita sigue ahí.
QUE BUEN PASEO.
CAD AVEZ QUE E STOY POR ALLÁ TENGO PANORAMAS SIMILARES... ESO SÍ SIN HIJOS JEJEJE
SALUDOS
PASÉ POR TU BLOG Y TE SEGUIRÉ LEYENDO
SALUDOS
TOMANTONIN
Hola a todos. Sorry por demorarme en responder pero ha sido una semana de esas... mucha mucha pega, pero este espacio no es para hablar de eso.
Alfredo, me acabo de dar otra vuelta por cierto, como siempre todo bien. Respecto de la arquitectura, por tu lado hay mucho patrimonio que ver.
Meli: la verdad es que desde ese punto de vista es grato vivir en Stgo. pero tu aire y tus paisajes son lejos otra cosa. Ademas por alla hay mucha entretencion tambien. A mi me encanta el Museo de Arte Contemporaneo de Chiloe, por ejemplo... no te queda taaan lejos o si?
Juan Luis, bueno nos vimos despues de tu comentario, asi que nada que decir, gracias por pasar. Sera hasta otra inauguracion o nomikai...
Bitterfly, por el comentario supongo que estas estudiando mucho y que sera para las de invierno... pero no es para matarse tanto la cosa, vale la pena distraerse con buenos libros tambien. Ojo!
Tomantonin, bienvenido, que agrado que te haya gustado el texto. Que bien que tambien te gustan esos lugares. Para mi el Forestal, la Quinta y el Cerro San Cristobal son destinos imperdibles de cada mes, aunque sea un rato chico. Sin falta paso por tu blog este inde.
Ale, no habia visto el comentario de abajo, me alegra ver que siguesenamorada y que gringolandia les trata bien. Saludos a Fco. y escribeme de vez en cuando... que la university no te consuma.
Marce. se que estas leyendo esto asi que te explico, solo debes animarte y escribirlo, no vale por telefono. cariños para todos.
Me gustó la historia de las abejitas y me gustó todo en realidad, me encanta como escribes =) jiji Saludos Linda.
Kiss*
Publicar un comentario