9 nov. 2008

Útero Mary



Útero Mary. Son las 18.30, afuera hace calor y brilla el sol, hay poca gente en la calle y más parece mitad de enero que inicio de noviembre. Estoy en el centro, en un subterráneo, mirando una pared en la que tres cuadros muestran el mismo boceto de lo que yo imagino es una joven mujer, sola, desnuda, dando a luz. Una serie de cruces, o dagas, o cuchillos, están insertos en su espalda y también en el vientre de ambas (de ella y su guagua). La mujer está en cuclillas y, aún sin tener un rostro claramente dibujado, se siente el dolor y la angustia que imponen esos trazos rojos y negros sobre un papel tan blanco. Bajo cada cuadro hay una serie de bolsas plásticas pegadas a la pared: son rosadas, están nuevas e impecablemente dispuestas para “recibir” a este recién nacido. Al costado un pequeño letrerito: la obra se llama “Útero Mary” y su autor es Alex Álvarez. No sé si me gusta o me disgusta. Sé que me remece. Sé que me hace pensar y que es uno de los trabajos más interesantes de la bienal indígena del CCPLM que termina hoy domingo.

La pared me habla, me pregunta sobre el valor de la vida, las expectativas, las diferencias, el amor, del desamor, la raza, el dolor, las oportunidades, lo rural y lo urbano, el derecho a la vida, el derecho a la vida digna (que no es lo mismo)... y la soledad lo inunda todo y a pesar de la sonrisa del guardia y del sol que reina afuera, siento frío cuando me imagino que en ese mismo minuto habrá muchas mujeres, en esta misma ciudad, cargando sus cruces, hijos que no pensaron, hombres que ya no están y tanto, tanto, tanto...

Unas semanas antes, fuera de Stgo., conocí a una niña hermosa, que asiste a una escuela para jóvenes “limitados”. Se inauguraba su nueva escuela y ella me pedía que le sacara muchas fotos y luego se las mostrara en la pantallita de la cámara. De pronto invité a su madre para que salieran juntas, pero la señora me explica que ella es sólo su cuidadora, que la pequeña vive en un hogar porque su madre no la quiso así enfermita, que la abandonó. La niña me toma la mano y me dice que soy muy linda, habla con dificultad, pero me parece que es la voz más dulce que he escuchado en mucho tiempo. Yo le digo que ella también es linda, que en realidad es hermosa y que su sonrisa es, definitivamente, de princesa. Nos reímos juntas. Me acuerdo de esto mientras veo a “Mary” y las bolsas plásticas. Aún con toda la pena que me causa esta “princesa”, no me atrevo a juzgar a las “Marys” de Chile, porque alguna vez ellas también fueron niñas, pero el mundo se les quebró en alguna parte, de una forma que sintieron irremediable… y se nubló su vista, y desaparecieron las personas y, de alguna forma, sólo sintieron que habría bolsas plásticas para dar la bienvenida.

¿En qué minuto las personas nos convertimos en paredes? No se trata de salir con capa roja a sobrevolar las calles. Ni ponerse la toca de sor Teresa de Calcuta. Pero pucha que sería bueno intentar un mundo un poco más amable, sonriendo un poquito más en la calle, atropellando un poco menos al pasar por la vereda, dejar de tocar la bocina en el taco, atender con buena cara, quejarse menos y, por sobre todo, tratar de romper las barreras que llevamos dentro, que nos hacen a nosotros los “normales” vivir como “limitados” cuando nos negamos la posibilidad de aceptar a los otros. El mundo no cambia ni es mejor porque en EEUU hay un presidente negro, falta demasiado, sólo que son de esos cambios que jamás van a llevar portada…

1 comentario:

Pamela dijo...

Tu descripción me ha hecho "ver" el cuadro, no sólo físicamente, sino aquello que tu tan bien miraste, eso que muchos pasan de largo, quizás por eso tocan las bocinas, empujan en las escaleras y atienden de mal modo, para no tener que mirar.

Nos falta muuuuuuuucho