30 ene. 2009

Animales de ciudad

El niño está feliz y orgulloso, su madre por fin encontró un Gran Trabajo y lo ha invitado al zoológico. Sus ojos negros y brillantes delatan lo expectante que está por ver de cerca al león; además algunos amigos le han contado que a la salida venden máscaras de superhéroes, arañas saltarinas, espadas y globos de colores.

En el paradero, ella, joven y bella, suspira y se alegra de verlo con su polera nueva, recién peinadito, tan radiante y de que aún sea lo suficientemente pequeño como para ignorar el mundo de los cafés, las propinas, los minúsculos bikinis y los clientes que, a su pesar, hacen posible esta sonrisa de domingo.
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1 comentario:

Marcelo Munch dijo...

Me parecen que los niños dejan de ser niños cuando dejan de sonreír. Y nosotros acostumbrados a nuestros pasos sordos no escuchamos el grito desolado de nuestra niñez despidiéndose desde pequeños bajo el indolente brazo de un adulto amarrado a un reloj.

Como siempre, placentero del todo embarcarme en tu poco de todo de viaje y recuerdos y flores y libros y niñez. Gracias y besos.